Samstag, 3. Januar 2009

Tras haberme despertado de tan terrible desmayo, causado éste por la fatiga de mi prolongada caminata en aquellos campos tan tranquilos y suaves, mis oídos me alarmaron de un temblor que amenazaba con irse profundizando más y más conforme el tiempo pasaba. Sí, eran las pisadas marchantes de miles de hombres que se acercaban. Al parecer, portaban armas de guerra, pues agudos gritos metálicos chillaban con cada paso. Yo, al haberme levantada de una vez, decidí ocultarme entre arbustos opulentos y admirar el espectáculo que se aproximaba poco a poco.

Descubrí entonces que eran miles de hombrecitos armados, todos con semblante seria, amplias barbas y temibles hachas. Era una marcha de soldados y portaban los estandartes de Irideau Phorta. Desde mi escondite esperé por casi tres cuartos de hora a que la gran ola de gnomos se esfumara. Cuando pude apenas divisar a la última fila del ejército esfumarse por el horizonte del escenario, decidí salir, aún cautelosamente, de mi sitio para no ser de alguna manera visto. Tranquilamente me sacudí los pies y cualquier hierba que se me hubiere adherido a mi vestimenta. Me erguí y comencé mi camino hacia el sur, siguiente las pisadas pequeñas de los soldados para averigüar a dónde me llevarían.

Para mi desdicha, no todo es como debe de ser. Existen también la irresponsabilidad, los defectos, el descaro, la negligencia, y entre otros agravios a la moral y las reglas. Resulta que uno de estos gnomos se había retrasado y no pudo alcanzar a sus hermanos de raza. Corría al mismo tiempo que hablaba para sí mismo, castigándome con palabras que lo único que producían era agitarse más. Llegó hasta cierto punto en que no podía contener más aire y, ya cansado sobremanera, se cayó sobre el polvoriento y árido camino, agujerado por los fuertes pasos de sus compañeros. Vi cómo había acontecido este acto y me le acerqué, y todavía pude escuchar algunas palabras de este hombrecillo:

[Continuará...]

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