Los caballeros habían ya abandonado la sala del Capitán hace minutos atrás. Las sillas desacomodadas de sus respectivos lugares dejaron así los jóvenes al salir, molestándole esto al viejo. Él solo se quedó observándolos correr por los patios del palacio hacia las carrozas negras. "Somos", recordó la frase dicha por el Teniente Gareu. Después de haber dicho lo citado, sonrió y recordó sus tiempos de juventud en los muelles de Silvianne, lugar donde conoció a su querida mujer. Los paseos por botes en los riachuelos del pueblo amarillo, las armoniosas melodías de todas las tardes rojas, las flores regadas por cada esquina de los edificios, el primer ósculo romántico del señor Ipiranno con Ellanela, los bailes nocturnos de la plaza Altaviera, las clases de pintura sobre el puente del río Silvan. Muchos de estos recuerdos renacieron en la mente del señor. Caminó hacia el pasillo, dando los pasos largos y
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