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Se esfumó, junto con sus palabras y sus gestos, sus caricias y besos, y sobre todo, se esfumó completamente él.
Esa noche fue fatal para mí. Envíada por él en un taxi hacia mi casa, yo con mis pensamientos que me arrastraban por debajo de la calle, le pedí al conductor que me dejase en la plaza frente a la cuadra de los departamentos. Le pagué, me bajé, y la brisa no era suficiente para consolarme. El viento agitaba mis nervios, y mis piernas temblaban, por temor, y por frío.
Una caminata mortificante me agoviaba y mis ojos ya estaban sobre- inundados de lágrimas, mis cabello húmedo me pesaba, al igual que este sen- timiento me pasaba. El poco maquillaje escurría, y el perfume que en selectas ocasiones utilizé se perdía con el aroma de la lluvia y el ambiente fresco y triste.
La ciudad se veía hermosa bajo la lluvia; mientras yo, me encontraba abatida, bajo esta intemperie de ráfagas e impotencia.
Esa noche, ya en mi casa, quise olvidar mis penas, mis dolores y
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