Capítulo I:
Café Berlín
Eran las doce del mediodía cuando Laura me llamó por teléfono. Yo apenas me había terminado de bañar, y tras haberme puesto las sandalias, escuché el timbre que resonó por todo el cuarto, y yo fui hacia el dispositivo dejando un río tras de mí, con-testando:
— Aló, ¿quién habla?
— ¡Hola, Daniela! ¡Soy yo, Laura! ¿Cómo estás?
— ¡Laura! —me sorprendió mucho su llamada. No habíamos tenido oportu-nidad de hablarnos durante las pasadas cinco semanas debido a los últimos momentos del semestre escolar— , ¡qué sorpresa! ¿Cómo has estado? ¿Qué ha sido de ti?
— Pues Daniela, ¡tenemos mucho de qué hablar! Por cierto, ¿vas a estar ocu-pada hoy en la tarde, Dani?
— Mmhh... al parecer no— contesté dudosa por los quehaceres del hogar—. Tal vez no. ¿Por qué? ¿Qué tientes planeado?
— ¡Ay, Daniela! Hoy tenemos planeado todas una salida al nuevo café que abrieron cerca de la Turquesa. ¡Me han contado unas primas que está súper! Que tienen muy buen ambiente, la música está muy buena, los postres están deliciosos, y lo mejor... ¡es que hay chicos guapos! ¿Irás?
— Jiji. Pues... déjame le aviso a mi mamá. Aún no llega, pero le diré.
— ¿Pero sí irás con nosotras?
— ¡Sí, Laura! No te preocupes— sonreí imaginando su cara de emocionada.
— ¡Ok, Dani! Me hablas al ratito, ¿te parece?
— Sí, ¡cuídate! Adiós
— ¡Aufwiedersehen! —me dijo con un tono extraño, sin haber sabido lo que me dijo.
— ¿Cómo? — queriendo saber lo que me dijo, pero para ese entonces ella ya había colgado.
Ahora me dirigí a mi cuarto para elegir las prendas que luciría hoy en la tarde junto con mis amigas. Encendí la grabadora y sintonicé aquella estación llena de mú-sica pop ochentera. El ritmo empezó a vibrar por todo mi cuerpo mien-tras me seca-ba, al mimo tiempo bailando y tarareando las canciones que escuchaban. “You’re making my dreams come true” Por supuesto, eran Hall and Oates, con su música tan suave y movida. ¡Amo esa canción! Jugando con la toalla y mi cabello, me miraba en el espejo, haciéndome señas de coqueteo y sonriéndome, agitando mis cabellos como aquellas mujeres que bailaban como egipcias.
El segundo cajón de arriba hacia abajo fue abierto, mientras el silbido de una de las hermanas Peterson llenaba de armonía mi alcoba. Saqué el pantalón beige que compramos mi madre y yo allá por Navidad, cuando conocimos al señor Jardines, quien nos ofrecería unos boletos para un concierto de música de orquestra que se pre-sentó en el teatro de la ciudad. Ahora la blusa color marrón que me recordaba los úl-timos días de la preparatoria, en que aquel chico punk se estaba enamorando de mí, y no puedo negar que yo también de él, pero el desenlace de clases nos separó, y al pa-recer fue para bien.
La fotografía enmarcada en madera que se encontraba sobre la cajonera ence-rraba a aquellas tres amigas, ¡cómo olvidarlas! Mariela, que buscó su camino por el lado deportivo, yendo a la Universidad de Balcano. Amante de la WNBA, admirado-ra de la señorita Cash y de los tan aclamados Pistones. Enseguida de Mariela se en-cuentra Lorena, aquella chava tan tímida y tan linda, encantadora y fantástica. Todas amábamos escuchar sus enamoramientos, sus confesiones y sus sueños. Ella siguió su camino por la literatura, en la misma universidad en la que nos encontramos Laura y yo. Y por último, Laura, quien comparte conmigo esos gustos musicales que nos mue-ven como locas. Ella comenzó a estudiar alemán durante la preparatoria, y se ha
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