Donnerstag, 9. Juni 2011

Am achten August, 2008

Ayer yo había encontrado en aquel rincón de la biblioteca ese libro que me había otorgado la respuesta a mi búsqueda intensa que había comenzado hace ya unos cinco años.

Pues cuando me di la tarea de recomenzar aquel trabajo que alguna tarde de domingo había empezado, no me había dado cuenta de la gran pérdida de información que yo tenía en ese preciso momento.

Cuando descubrí que esta chica me había engañado con sus licores y vinos, no me dieron ganas de verla más en mi vida. Me aparté de la puerta de su habitación y bajé por las escaleras tan rectas y frías. Al decir verdad, nunca me sentí cómodo sobre los peldaños de aquella colección de escalones rosas con blanco.

Bailamos agarrados de la mano, bajo la oscuridad, donde sólo ella y yo nos podíamos ver fijamente el uno al otro. Su hermana nos estaba buscando, pero los dos nos perdíamos en un vacío que nos comía a besos. Sus brazos delgados me cogían fuertemente, y yo la tomaba de su cintura de cristal y nos íbamos submergiendo en la noche.

Te desfile hacia la cámara de la princesa, quien eres tú, y te coloqué sobre aquel sillón real. Rojo, como tus cabellos de fuego, con piezas de oro, como tus vestidos y joyas. Pero algo no brillaba en tí, eran tus ojos. Eran opacos, secos y sin vida. ¿Qué es lo que tienes, princesa gris? ¿Cómo puede ser que tantos colores no puedan iluminar tu imagen opaca?

Estaba escuchando la radio, y mi vista se dirigía hacia las afueras de mi habitación, y mi boca pronunciaba la primera sílaba de tu nombre cuando apenas yo me daba cuenta de la gravedad de mis palabras. Me castigué escribiendo tres planas de tu segundo nombre, pero me detuve al sorprenderme sabiendo que había escrito tu tercer nombre. Ya no quise hablar de ti, ni escribir de ti, pero mis manos ya habían tomado unos lápices de colores y dibujé tu silueta bailando con un muchacho en la calle de noche. No quería recordar ese momento, pero ...

Los niños seguía corriendo en ese parque solitario, y veían correr las nubes gigantescas y blancas, debajo de un cielo azul e infinito. Sus padres no se imaginaban a dónde podrían llegar estos niños.

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