La tormenta dulce suaviza estas mis amargas tristes noches, cruzando al mismo momento la vista con la saudosa luna. Me recuesto en la húmeda tierra y las grises nubes tan fuertes me cobijan.
Las tardes doradas ya no brillan como antes. Sólo son un reflejo vago de mi antigua felicidad. Pero también de mis alegres livores.
Desde la mansarda veo a la gente llorar por tí. Grito a mí mismo y me cuestiono por qué te hice este mortal pesar. Nunca debí enterrar en el pozo de mi negro corazón ese hermoso sentimiento, la esperanza de tu fausta ilusión.
Me arrastro sobre los pigmentados jardines y no encuentro ese dulce perfume tuyo, ya extinto. Todavía sé que no habrá más rubescentes labios como los de mi difunta fantasma.
Lloro por las plazas y me ahogo en mis llantos. Mi frenesí por este acontecimiento me persigue hasta asesinarme. El levante me cuenta que me esperarás por siempre. No lo sé.
La bóveda celeste te guarda en sus más estimados rincones, mientras esta horrible mazmorra me encierra en la vasta llanura muerta.
Tú, mi estro adorado, te has esfumado en la frágil niebla; cuando yo, fenezco cada vez más y ahora muero por decir esto:
¡Siempre te amé!
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