Aquella segunda noche después de la llegada del general [1] a la ciudad de las calles plateadas, un gran banquete ofreció el gobernador local en honor a los visitantes ejecutivos que en representación de ese pueblo lejano, lleno de comercios innovadores y atractivos, riquezas inconsumables, excelentes platillos que excitan las lenguas más pequeñas, se encontraban aquí para realizar un acuerdo comercial, y visitar esta ciudad que en los últimos años, como me han contado, ha estado en gran desarrollo, tanto urbanístico como comercial.
Lamentablemente este no era de esos banquetes tan lindos y graciosos donde todo el público podía saludarse con los invitados vestidos de seda. Esta vez nos quedamos afuera, por las calles, esperando alguna señal de alegría y fiesta. La gente no estaba acostumbrada a esto. Gran parte del ejército platenci fué invitado, algunos grandes sabios también (aclarando que hay no muchos por estos rumbos), y por supuesto bellas mujeres, pero con rangos sociales altos.
Yo fuí invitado para formar parte de la segunda mesa, lugar donde convivirían varios artistas de Platheau con políticos y filósofos de allá; también compartirían lugar con soldados de caracter no muy gentil y continente rudo. Yo, sinceramente, no quise intervenir. Preferí aprovechar el tiempo libre, y pasar buenos momentos personales, caminando bajo esos árboles frondosos y ancho, el aroma de las calles que proviene de cada hogar felíz. Preferí soñar entre esas bancas, donde noté escrito en la que me senté "Nos vemos en la fuente." Esto me dió mucha risa, y al mismo tiempo me dieron ganas de averigüar para quién fué dedicado este mensaje.
¿Acaso me hablaban a mí? ¡Bah, no lo sé! Pero el misterio me llamó, y además, no había algo más entretenido que hacer. Para este entonces la luna ya se abordaba sobre la ciudad, y las nubes se expandían fuera de la ciudad, aclarando la vista para ese firmamento lleno de rubís, diamantes y perlas. Al voltear hacia arriba me detuve como unos diez segundos, maravillándome por tanta belleza, y después tardé en reaccionar y recuperar la noción de que yo estaba por alguna razón caminando hacia la plaza que se halla al sureste del palacio, ya que era la más cercana.
Pocas personas se hallaban caminando por ahí, y la persona más distinguida fué una dama de vestimenta extranjera, con un peinado adecuado para su corto cabello oscuro, unos ojos cafés y una tez algo morena. Su voz era ronca y dulce al mismo tiempo. Me llamó por mi nombre. "¿A dónde os dirigís, mi buen Kardinard? ¿Acaso vais en busca de vuestra querida mujer?", para lo cual no supe responder con inmediatez, pero finalmente le respondí "Disculpe, señorita, que no os conozca, pero me extraña su presencia. Al parecer usted no es de estos lugares", a lo cual me interrmpió con una sonora carcajada algo sensual "¡Vaya que es usted un muy buen observador, caballero! Así es, no soy de vuestra Platheau", "Entonces, decidme de dónde venís, por favor, mi señora", le supliqué. "Vengo de parte de la junta del embajador de [2]. Las reuniones son para mí una pérdida de tiempo. Nunca llegan a un verdadero acuerdo, ya que sólo comen, hablan de sus mujeres, de los otros pueblos más débiles y cómo se han aprovechado de ellos; se enorgullecen con sus victorias, pero nunca cuentan de sus pesares personales. Yo prefiero conocer la ciudad mientras puedo, ya que mañana habrá una asamblea excepcional en esta ciudad, que vosotros los platencis suelen decirle... ¿cómo le decís?" "La ciudad de las calles plateadas", respondí atinadamente. Sus cejas se expandieron al asombrarse del sobrenombre de esta ciudad tan hermosa, al igual que esta mujer extraña. Aún me preguntaba cómo sabía de mí.
"Conque, ¿la ciudad de las calles plateadas?", preguntóme. "Así es, mi señora. Y por favor, ¿me haría el honor de hacerme saber vuestro exótico nombre?", precipitándome con cierta exigencia a saborear una secuencia de sonidos no muy familiares, pero siendo muy atractivos para mis todavía inocentes oídos. "Mi nombre es Kijamino, y soy la esposa del Príncipe de Nordo, Sarl Geimno", mostrando cortesía con una pequeña inclinación hacia su lado izquierdo y más tarde a su derecho, como posiblemente sería costumbre de ese pueblo que jamás había escuchado yo. "¿Y por qué no asististéis a la merienda, joven?", pero yo seguía tan impactado por no saber las fuentes de información de esta dama de vestido rojo con listones naranjas y amarillos, con estampados de flores, al parecer, regionales de Nordo. "Yo, la verdad, pienso lo mismo de esos banquetes", quise encajar con ella, para poder seguir viendo una sonrisa tan clara y extensa. "No os creo, buen muchacho. ¿No fué por el hecho de que sois también un extranjero?", haciéndome conocer algo que sólo muy pocos saben de mí, y que yo había ocultado en mi cofre de secretos tan viejo. Esto me había hecho que mis piernas temblasen un poco, echándole la culpa al viento que caminaba tan suave y fresco. Mis brazos trémules bailaban al son de mis miedos, y una sonrisa tímida se asomó por mi semblante, y la señora Kijamino lo notó muy fácilmente. "¿Os encontráis bien, querido?" "Sí, querida princesa de Nordo. No os preocupéis". ¿Quién es verdaderamente esta mujer?
Sus pasos se dirigían hacia un pasillo más oscuro, y sus cabellos flotaban en el aire. Ahora su rostro giró y su voz me dijo "Os tenéis que perdonadme, pero tengo prisa. Fué un gusto platicar con vos, joven Kardinard", dejándome mudo y débil, bajo el cobijo de un arbol de esos de hojas blancas. "O mejor dicho, extranjero", penetrándome con esa alabarda que me encajó en mi secreto. ¿Cómo pudo saberlo? ¡La corte podría correrme y castigarme! Además, tras los actos que me acontecieron en Irideau, yo podría ser perseguido y encarcelado, y he escuchado rumores, y tan sólo rumores, de aquellos castigos que les son hechos a los impostores de identidades.
Su figura se desvaneció, pero su risa se marcó cada vez más cuando la noche me soplaba más y más fuerte. Ella parecía haber rugido con su risa, y yo me agonizaba con mi secreto que ya había sido conocido por alguien ajeno a mi maestro y yo. Ya no podía seguir parado, y me resolví sentarme en la banca más próxima de donde me hallaba temblando sobre mis dos pies. "Escribidme aquí", me decía la banca, y yo tras lo sucedido, no quise responder a este llamado. ¿Quién sois? Sólo alguien podría ayudarme, y tras haber recuperado el aliento y mi calidez, me dirigí a mis aposentos, donde me encontré con mi cama, mi almohada y mis cobijas, y la ventana me comunicaba que aún era de noche, y desde ahí yo podía ver que las luces del palacio seguían vivas, y por lo que yo ya me estaba imaginando, una ola de conflictos se azotarían sobre mí si yo soy descubierto. El sueño me atacó y me atrapó entre mis temores y suspiros.
Una espada afilada se perfilaba hacia mí, y yo me encontraba atado a un muro extenso, que si yo volteaba a mi lado derecho, veía una infinita continuidad, y si volteaba a mi otro lado, la pared se hallaba finita, muy cerca, pero podía ver a una paloma atrapada al igual que yo. Yo quería ayudarla, pero la espada estaba muy cerca de mi cuello, y también me quería escapar, pero no tenía por dónde. Un lado era interminable, el otro tenía un fín, pero con uno muy terrible, detrás de mí había este muro, tan grueso, que no podía ser penetrado, mientras mi frente se reducía. Quería gritar, y cada vez que lo intentaba, la paloma gemía de dolor, y preferí dejar de intentar gritar. Mis piernas se hallaban yendo de un lado a otro, y mis manos no podían safarse de sus ataduras. La espada finalmente llegó frente a mí, y sin haberlo esperado, yo no desée más, pero la paloma sufrió lo peor. Ella murío, mis ataduras se ablandaron, y quedé libre. ¡Oh, pero pobre palomita! Degollada, con una ala aún y apenas moviendo, y una belleza tan triste ahora. La espada se convirtió ahora es una corneta, y la toqué. Se escuchó un tono rígido y fuerte, y veía aproximarse otras tantas espadas hacia mí, y yo quería solter este instrumento, pero el viento salía de mí, que provocaba la aparición de tantas armas como los intentos que hacía por dejar la corneta. Cuando dejé de soplar, fué porque me dí cuenta que ahora lo que traía en mis manos era un escudo redondo, como los que llegaron a usar los guerreros de esta región en tiempos antiguos, antes de optar por los que portan arreglos de acuerdo al rey, y su tiempo. Entonces empecé a sentir golpe sobre éste, y comencé a correr por donde antes había un muro de piedras, grueso y firme, que se convertía en mi única vereda hacia lo interminable. Cuando voltée la vista, divisé las figuras de hombres persiguiéndome, y volviendo a mi camino, éste se empezó a desintegrar en sus respectivos elementos de piedra, por lo que me quedaba cada vez más sin expectativas de seguir corriendo. Los golpes me empujaban, y casi estaba apunto de caer. ¡Otro, otro, y otro! ¡Por favor, auxilio! Al regresar mi vistra tras mi escudo circular, los soldados desaparecieron, y más tarde me dí cuenta de que ahora me encontraba en un cuarto pequeño, con una ventana con vista al mar. La abrí, y sentí inmediatamente la brisa de la libertad. No más ataduras, no más peligros. Todo volvió a ser felíz. Me recosté, y descansé sobre la pared, vacía,sin algun cuadro ni alguna mesa, sin alguna silla y sin amigos. No había puerta. Sólo esta ventana. Quise de nuevo ver a través desde el marco de la ventana de la habitación hacia afuera, y el viento me murmuraba "Extranjeros, hermosos extrajeros, ¡mueran!", y ví como un párvado de palomas volaban de un punto casi invisible hasta irse aproximándose a mí, cuando comenzó a temblar la habitación, y mi vista ya no era muy nítida. Todo empezó a tornarse tan quebradizo y horrible. Una risa se escuchaba muy, muy cerca, y yo estaba tirado sobre el suelo, pidiendo que esto terminara.
"Extranjeros, hermosos extranjeros".
Al terminar esta frase, yo abrí mis ojos, y la señora Lidi, mi vecina, me tocó el hombre y me preguntó que si me encontraba bien, para lo cual no supe contestar más que arrinconándome sobre la cama. Me ofreció un poco de té a la hora de la comida con su esposo y ella, para lo cual acepté, y le agradecí. "La puerta había estado abierta toda la noche, señor. Al parecer olvidastéis cerrarla. Espero no os hagáis falta algo. Yo acabo de entrar, sabéis$ bien que yo me encontraría dormida aún, pero vuestros ruidos no me lo permitieron" díjome así tan humildemente la mujer, y yo le creí su palabra, tan llena de verdad. "Con vuestro permiso, señor. Me retiro", y se fué por aquella puerta delgada y crujiente.
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