Me llamo Cecilia Cobos, tengo ya treinta y cinco años aunque no quiera y por más que intente ahuyentar a las arrugas, pero vivo feliz junto a mi esposo Alfonso Díaz y mis dos preciosas hijas Adriana y Lidia. Vivimos desde hace ocho años aquí en Ciudad de Arcos, en Nueva Gascuña, pero antes estábamos en la capital cuando mi marido trabajaba en una planta química. Yo soy originaria de esta linda ciudad, donde crecí y viví mis más tiernos e intrépidos años llenos de aventuras, siempre en compañía de mis amigas.
Hacía varios años que no hablaba con mis más cercanas amigas. Nuestras vidas habían tomado distintos caminos y poco a poco la comunicación entre nosotras se fue desvaneciendo, pero gracias a la tecnología fuimos recobrando el contacto; sin embargo, las tareas diarias del hogar y la familia siempre me han mantenido ocupada, al igual que mis amigas ya sea con sus familias, profesiones o pasiones.
Yo escogí el matrimonio y sinceramente, y a pesar de todo, no me arrepiento de haber escogido este maravilloso camino, que junto al esposo tan bueno que Dios me dio, he crecido bastante como persona, teniendo el apoyo de Alfonso y mis dos tesoros. Al ver a mis dos niñas cómo han crecido, me pongo a recordar aquellos viejos tiempos cuando jugaba con mis primeras mejores amigas: Claudia y Natalia.
Claudia era un año mayor que yo, mientras que Natalia era de mi misma edad. Jugábamos siempre a las actrices, a las cantantes, conductores de televisión y nunca faltaban los juegos de las comadres, tomando té y comiendo panecitos. Era común pasar las tardes en casa de Natali para ver nuestro programa favorito de Miss Austen y más tarde correr por la calle hasta la casa de Clau para jugar con sus muñecas. Adriana y Lidia me recuerdan mucho a ellas dos, sobre todo cuando se ponen a correr por la casa y en la plaza, justo como lo hacíamos nosotras.
Al llegar aquí a Ciudad de Arcos, le insistí bastante a Alfonso que inscribiera a las niñas en el mismo instituto en el que estuvimos Naty, Clau y yo: el instituto Santa Isabel. Era una escuela de monjas, que siempre insistían en la disciplina, la obediencia y una fe firme en Dios, nunca olvidando a la hermosa Virgen. Adriana ingresó entonces al cuarto año, mientras que Lidia apenas al primero. Quedé encantada al verlas vestidas con sus nuevos uniformes, tan impecables, reconociendo aquel escudo bordado que tenía una hostia y un cáliz, un rosario, una mano escribiendo y una luz de arriba iluminando todo. Mis ojos no pudieron evitar dejar caer algunas lágrimas de felicidad y melancolía al ver tales réplicas de mis amigas y yo.
Keine Kommentare:
Kommentar veröffentlichen