El vuelo del fantasma incendia cada esquina de ese pueblo amarillo y verde, tan lleno de quietud y serenidad. Esfumándose con sus aromas suaves y efímeros, dobla las cerraduras de los aposentos nocturnos y de los bazares tan populares ya vacíos. Una mirada tan solamente puede provocar una sonrisa en aquella dama tan tierna y atractiva a los gustos de este ser, tan transparente como quebradizo, quien se enamoró probablemente no a la primera sino a la segunda vez, con aquel brillo del recuerdo magnífico y de las gotas de las pócimas de ese retrato imborrable, de una lluvia de otoño, con el viento frotándoles sus rostros reflajados como espejos, y un puente de rosa que los aproximaba más y más. Más y más. Más.
Pero al final, siempre regresaban al mismo lugar, donde empezaron y nunca más continuaron. No más. Nunca más. Un hueco en las cercanías impedía aquel romance que podría llegar a desarrollarse con tanta pasión y gusto. Pero ahora vuelve, para romper el obstáculo entre ella y él, entre el cielo y la perdición. Viene por todo. La lluvia acecha la escena del momento. ¿Volverá a repetirse aquel final tan inconcluso y lleno de sentimiento puro?
Ella se asoma desde la ventana del tercer piso del gris edificio. El sonido que no gusta de comunicarse llena el espacio conjunto a la brutalidad de la precipitación. Aquella tarde había tenido sus calurosas olas de bonanza y ventura. ¿Pero ahora? Mil pasos acompañan a la miserable sencillez, y también a la paciencia del extranjero lleno de viajes en sí mismo y de una extraordinaria memoria de los personajes más escondidos y tan raros que se pudiesen comentar en manera pública.
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